Me arrastran los torpes giros del lenguaje, cuando apenas logro dejar atrás el recorrido. Sin estar seguro de nada, saldría corriendo a cambiar mi nombre, pues ya no me pertenece, si me olvido del olvido, y solo hago que recordarte. Y aun así, insisto. Hay algo en esto — una especie de eco mal hablado— que se repite sin decirse, que se queda a vivir cerca de las vías en un vagón de segunda mano y primera clase. Y escribo, equivocándome a propósito, forzando el sentido en la casualidad. Es un fracaso mínimo, la torpe forma de incidir, pues se me queda pegado ese vacío a lo que ya no soy cada vez que intento dejar de serlo.
Podríamos jugar piedra, papel o tijera, a través del cristal. Apoyarnos en Stand by me, de Ben E. King, mientras acaricio el curvo recuerdo del tacto de tu pelo. Quiero que canten los demás, una versión fatal para el consuelo. Podríamos huir en los recreos, y ser lo que idearemos cuando seamos más viejos… Y, de pronto, mi alma en fragmentos. Se desliza por el tiempo esta puta onda expansiva, que es la sombra de la sombra de la sombra de su sombra. La siento en cada abrazo que busco, y en cada beso que encuentro. Necesito estar a oscuras para sentirme suficientemente lejos.