Me arrastran los torpes giros del lenguaje,
cuando apenas logro dejar atrás el recorrido.
Sin estar seguro de nada,
saldría corriendo a cambiar mi nombre,
pues ya no me pertenece,
si me olvido del olvido,
y solo hago que recordarte.
Y aun así, insisto.
Hay algo en esto
—
una especie de eco mal hablado—
que se repite sin decirse,
que se queda a vivir
cerca de las vías
en un vagón de segunda mano y primera clase.
Y escribo,
equivocándome a propósito,
forzando el sentido
en la casualidad.
Es un fracaso mínimo,
la torpe forma de incidir,
pues se me queda pegado ese vacío
a lo que ya no soy
cada vez que intento
dejar de serlo.
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