Me arrastran los torpes giros del lenguaje, cuando apenas logro dejar atrás el recorrido. Sin estar seguro de nada, saldría corriendo a cambiar mi nombre, pues ya no me pertenece, si me olvido del olvido, y solo hago que recordarte. Y aun así, insisto. Hay algo en esto — una especie de eco mal hablado— que se repite sin decirse, que se queda a vivir cerca de las vías en un vagón de segunda mano y primera clase. Y escribo, equivocándome a propósito, forzando el sentido en la casualidad. Es un fracaso mínimo, la torpe forma de incidir, pues se me queda pegado ese vacío a lo que ya no soy cada vez que intento dejar de serlo.