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Mostrando entradas de noviembre, 2018

21.- Viajando entre otros.

Estando viajando entre otros, con libros y periódicos, por si acaso los propósitos novedosos y algunos de los antiguos también. La soledad nos ronda  entre tanta gente, y entre tantas cosas, que mejor es dormirse un rato. Y mientras siguen los libros viajando, casi ya están llegando al destino. Sin más que eso, al despertar, encontraré todas las promesas que  no han de cumplir los demás.  Ni recuerdo ya las mías... ¿Qué más da? Ahora me tengo que apear.

20.- Aromas reminiscentes.

Asomado por la cubierta número 4,  embelesado por el vaivén de las aguas, me distraigo concentrándome en algo que pueda servir para una nueva entrada. Hace tanto calor que no hay nada novedoso en sudar. El olor a salitre se mezcla con el reflejo de la luz del Sol sobre los cristales del muelle. Es de un color insólito que se adhiere impasible a mi retina. Los gemidos de una mujer provocan que tenga que dejar de escribir durante unos instantes. Apartada de toda efusividad candente, sus berridos evocan lo que parece más bien alguna clase de alarma de incendios. Me temo que en este momento no soy la persona más sudorosa a bordo. Un chico moreno, con tupé, de altura normal y espalda encorvada se dirige hacia a mí. Su gesto impertérrito desluce su indumentaria eminentemente tropical. Te voy a arrancar la cara — me dice, el pavo. Sumido en un inmenso sosiego casi uterino, no tengo tiempo de esquivar el primer golpe y, para cuando quiero darme cuenta, mi espalda linda con el suelo mientras

19.- Así me he sentido yo.

Como esa luz que prendía el cuarto en mitad de la noche. O un recuerdo prestado que regresa a tu alma cuando la creías dormida. Así me he sentido yo, al pasar tus páginas escritas en aquel idioma extranjero, que no comprendo aunque porte en vena. Debajo o dentro de tu falda, tras un suspiro bocarriba, por el que se escapa lo que queda del escaso aliento de mi vida. Así me he sentido yo. Como el humo de ese cigarro que, después de fumarlo, se tira.

18.- El jugador moderno.

Esta mañana me levanté sin dar un trago. No es un domingo cualquiera, es el día de las emociones divididas. El sufrimiento macabro y la angustia prestada de las gentes que se preguntan si ganará el Madrid más crepuscular al Barça de esta misma tarde. Yo, que tengo en la guantera de mi memoria el revólver cargado con Enantyum para el dolor, empujo ladera arriba a Sísifo por las caderas y aprovecho, entre tanto, para tocarle el culo sin que se dé cuenta. El caso es que, frente al televisor, suena el silbato, y sentado me siento vacío. Sin apenas necesidad, echo mano en el recuerdo de las palabras ganadas en otra época. Miro el número de mi tarjeta de crédito y arrojo lo que me queda de esperanza en un importe de tres cifras. El césped se corta y yo me quedo anclado a Codere, Sportium y WilliamHill, prendido por esta piel inerte de cicatrices sutiles e invisibles puntos de sutura. !Gol del puto enano! Parece que resucito para gritar a la pantalla. Las cuotas rezuman ilusión y yo, jugador